Ricardo Abdalá Ricaurte.


LA DANZA MACABRA


Arrancando de una losa melancólico tañido,
con un fémur, por los años desgastado y corroído
que, de un santo, de un poeta o de un héroe puede ser,
doce golpes da la muerte, y en su lecho angosto y duro,
los horribles esqueletos, despertándose al conjuro,
a la tierra de los vivos se apresuran a volver.

Van saliendo, van saliendo silenciosos de sus cajas,
y en sus huesos relucientes y en sus lúgubres mortajas,
se refleja de la luna la medrosa claridad,
y la hueste de fantasmas, melancólica y adusta,
forma círculo a la muerte, del misterio reina augusta,
y se postra de rodillas con solícita humildad.

Ella, altiva y desdeñosa a sus súbditos contempla
y de pie, sobre un sepulcro, el violín sonoro templa,
registrando cuidadosa su vibrante diapasón,
luego el arco sube y baja con pausado movimiento,
produce notas vagas que remedan en el viento
ya murmullos de la brisa, ya rugidos de aquilón.

Poco a poco, más precisa se va haciendo cada nota,
más se marcan los compases y un alegre valse brota
de las cruces sacudidas con creciente rapidéz
y la muerte mueve el arco más aprisa cada vez,
más aprisa, más aprisa y en frenético crescendo
se derraman los acordes con sonido asordador,
que ya finge alegres gritos, ya sonoras carcajadas,
ya promesas de ventura dulcemente pronunciadas,
ya los besos y suspiros de algún éxtasis de amor.

Se estremecen los espectros a este ritmo acompasado
que despierta las memorias más risueñas, de un pasado
de brillantes esperanzas y de célica embriaguéz.
Al recuerdo de sus horas de pasiones y placeres
esos blancos esqueletos de varones y mujeres
se entrelazan y se chocan en horrible frenesí,
estrechándose anhelosos en sus brazos descarnados,
en vertiginosa danza se estremecen arrastrados
por las notas estridentes de aquel mágico violín.
Y rechinan y golpean con estrépito los huesos
y se besan esos cráneos, produciendo con sus besos,
el sonido seco y duro de dos piedras al chocar,
más aprisa y en las huecas calaveras,
con acento cavernoso, silva y ruge el huracán.
Y más saltan y se agitan las fantásticas figuras
que revuelan por encima de las hondas sepulturas
y la muerte mueve el arco más aprisa cada vez.
Tiembla el suelo, la capilla se estremece en su cimiento
tristes ayes y quejidos prolongados lanza el viento
al quebrarse entre el ramaje verdinegro del ciprés.

Pasan rápidas las horas en aquella horrible orgía,
ya el oriente se colora con la tenue luz del día
y la noche sus crespones ya comienza a recoger.
Canta el gallo! y al instante los horribles esqueletos,
apretando sus mortajas, melancólicos, inquietos
a sus tumbas olvidadas se apresuran a volver.

Unos corren anhelantes al sepulcro tenebroso,
ellos son los que en la vida nunca hallaron el reposo
y rendidos se tendieron en su tumba a descansar.
Otros marchan paso a paso, con aspecto de pavura,
éstos son los que en la vida solo hallaron la ventura
y en el lecho de la muerte se tendieron con pesar.
Silenciosos se recuestan en su hueco oscuro y frío,
palidecen las estrellas, y las gotas de rocío
como lágrimas resbalan por las hojas del ciprés

Suena el golpe de las lozas en el vasto cementerio!!!!
Luego . . . nada, todo calla
y en las sombras del misterio
los fantasmas se refugian y se duermen otra vez

Anónimo



V O L V E R